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viernes, 21 de marzo de 2014

Primavera


La primavera, estación que durante todo el año vive en el corazón de los poetas, porque, aunque el frío invierno azote nuestras pieles, en el interior de un artista siempre crecen rosas, amatistas y violetas...
El otoño, con su furia loca de vientos y llovizna podrá inclemente desnudar los árboles, más sin embargo en el alma de un escritor siempre existirá la tibieza de la primavera.
El verano, en su paso acalorado intentará agobiarnos, pero el artífice conseguirá no inmutarse, al contrario, dentro de sí mismo continuará sintiendo la primavera...
Primavera: Señora sensual, erótica y tierna... Capaz de adormecer a los tres caballeros, el acalorado verano, melancólico otoño y triste invierno… Esa mujer que domina en su equilibrio a dichos gendarmes de la naturaleza y por más que ellos lo quieran, no conseguirán que un artista deje de sentir los besos de la primavera, única dama, que entiende de poesía y de almendras, caricias entregadas a todo aquel, que en sus manos sostenga una pluma, un pergamino, un pincel o simplemente contemple una perla.
La vida podrá quitarnos infinitas cosas, pero jamás logrará prohibirnos palpar por dentro aquello que traemos de cuna... Intentarán arrebatarnos hasta los sentimientos, pero nunca de una poesía su beatitud y sus lamentos.



jueves, 20 de marzo de 2014

Tatuando el Destino


Endulzando tus pechos con la miel de mis labios, degusté entre penumbras la urgencia de tus ansias, enviciado y poseído por prohibidos deseos, sonreí sin culpas por aquellos perdidos anhelos, queriendo sentirme amado, decidí esconder mi enervada arrogancia entre el secreto de tus piernas, para permanecer inmune ante tanta reverencia.
El aroma del sexo se esparcía inclemente, la locura persistía sincera y perenne… Dijiste sin treguas.

- Esto no es eterno, mi amor de una noche.

Respondí certero.

- Detengamos el reloj y tatuemos el tiempo.

Tomaste muy enserio mis palabras necias, con cautela y sin prisa desnudaste mi alma. Sellaste mi boca con tu aliento salvaje y con resuelto embeleso marcaste mi cuello, dejaste un estigma en mi pecho y con única elegancia de encontrados deseos, me miraste directo para comenzar el compás de una entrega sincera.
Fue pasión y locura, fue Irlanda testigo de una entrega de dos, fue el aroma a lavanda que se incrustó en nuestras pieles, y tu mirada en la mía hizo nacer una esperanza…
El reloj se detuvo y el destino tatuó una madrugada en el tiempo, aquel que permanece como gendarme de una noche de amor.
Los años pasan, pero en Irlanda hay una planta de lavanda que, aún en invierno esparce su aroma a pecado y redención.
La luna en las montañas estaba llena y reflejó en nuestras miradas un secreto de dos.

Locuras en un atardecer…


Él no tenía derecho


Él no tenía derecho
la amaba, pero…
no lo aceptaba
no podía comprenderlo.

Quería hacerla feliz
a costa de lo que fuera
le daría la vida
si de él dependiera.

Pero la injusta ventura
decidía por los dos
ella era una mujer
y él se convertía en dolor.

La miraba cada noche
cuidaba sus pasos
se metía en sus sueños
creaba fuertes lazos.

Ella no comprendía
ni sus sueños, ni su amor
quería tenerlo siempre
pero él huía sin razón.

Una eterna madrugada
él apareció en su lecho
se miraron, se besaron
y en la cama se liaron.

Al despertar no estaba
otra vez se había ido
imploró en silencio
a su maldito destino.

Sus padres le reprochaban
sus amigas se reían…
nunca el hombre del castillo
en ella se fijaría.

Era un hombre misterioso
jamás por el día salía…
pero la noche cómplice
amar sin recato le permitía.

Ella fue hasta el alcázar
con intención de verlo
pero el mayordomo dijo
el señor ha muerto.

Por no creerlo pidió verle
y le concedieron el deseo
en el salón más grande
descansaba un féretro.

Se acercó despacio
obviamente allí dormía
el hombre de sus sueños
y de su dama el dueño.

Tocó su mano pávida y fría
acarició su rostro destemplado
por Dios, allí no había vida
solo el cuerpo inerte de su amado.

Lloró de rabia y dolor
un beso dejó en sus labios
retomó camino a casa
para enfrentar su pecado.

Un hijo palpitaba en su vientre
un hijo de amor y llanto
una sola noche bastó
para jamás olvidarlo.

Pero el azar se interpuso
aquella noche de verano
ella daba a luz un varón
y él sonreía de costado.

Su hijo tenía todo de humano
no heredó la maldición
de las noches solitarias
y los días encerrado.

Y en el castillo se escuchó
el rugir de un potentado
lloraba por ser prohibido
reía por ser casado.

Casado con la oscuridad
por eso a ella había renunciado
no podía condenarla
a que viviera enclaustrada.

Por las noches por ambos velaba
que nada les fuera a pasar
porque quien se atreviera a dañarlos
con él se tendrían que enfrentar.

Ella una mujer enamorada
él un Solitario cautivo
y una dama que se interpuso…
entre una dama y un vampiro.


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